Politicas de innovación, frenos del desarrollo
Empresas buscan formas de proteger el capital intelectual generado por sus trabajadores. Ericsson aquí en Suecia no permite que se empleen sistemas de mensajería instantánea como Jabber, Gtalk, o Messenger. Los trabajadores no tienen acceso a la red desde sus ordenadores. Anoto comentó en una charla que para cada patente hacen tres alrededor, parando a la competencia de hacer productos similares. Samsung Electronics ha creado una nueva central dedicada al diseño orientado a usuario en la que los ordenadores no tienen discos duros, no está permitido traer memoria flash de casa, ni ordenadores portátiles, a las visitas les ponen una pegatina sobre el objetivo de la cámara del móvil. LG tiene un procedimiento de registro de visitantes que puede durar hasta quince minutos, y no importa si estás viniendo cada día durante un mes por colaborar en un proyecto, el registro se repite cada mañana.
Las pequeñas empresas se arropan en invernaderos y centros de innovación. Ciudades y regiones del mundo van a la caza de mejorar la situación laboral de sus ocupantes. Los políticos confeccionan grupos de trabajo con jóvenes emprendedores, apoderados del mercado de la construcción, posibles inversores y lobistas (traducción libre del inglés lobbyist). Buscan generar entornos seguros en los que las ideas de negocio puedan florecer y traer nuevos mercados a esas ciudades.
Malmö (SE) tiene por lo menos 12 invernaderos de empresas. Zaragoza (ES) tres o cuatro (y los que creará). Gotemburgo (SE) cuenta con un grupo de trabajo dedicado exclusivamente a estudiar las necesidades de las grandes empresas y así ayudar a la generación de pequeñas que suplan las necesidades de generación de Propiedad Intelectual que las grandes estructuras como Volvo, Lindex y otras no tienen tiempo de crear.
Recientemente asistí a una feria de material de oficina. No es el lugar más sexy para visitar, pero ofrece interesantes historias para contar. Era en COEX, el centro de congresos de la estacion de Samseong en Seúl. Allí descubrí toda una serie de pequeñas empresas produciendo desde plastilina ecológica incolora a pizarras adesivas para rotuladores de marca al agua. Todos contaron un poco de la vieja historia sobre la innovación: las patentes son caras y sus productos, si bien podrían ser interesantes a gran escala, no tienen la proyección suficiente para pagar los gastos. Podrían cubrir una, pero no pueden seguir la estrategia propuesta por Anoto. Crear si crean, pero lo hacen en secreto, ya que publicar la patente implicaría abrirse a todo el mundo y, en cierto modo, perder su ventaja competitiva.
Los artistas también han aprendido a comportarse como empresas. En cierto modo, parte de la belleza del arte es el secreto del proceso de producción de las piezas. La artesanía de producción del arte no tiene nada que envidiar al proceso de fabricación industrial o de generación de software. Muchos artistas guardan para sí el secreto de su trabajo. Sólo presentan el resultado final, la experiencia.
Yo no tengo nada en contra ni de las empresas, ni de las patentes, ni de los artistas secretistas, ni del inventor de la plastilina incolora, ni de los ayuntamientos y regiones... al final todos quieren hacer algo para -al menos- el grupo de personas involucradas. Ahora bien, no pueden negar que sus secretos frenan el desarrollo de las sociedad como un todo. Por extensión, las politicas de innovación, dedicadas a ayudar a los llamados innovadores a proteger sus ideas y adentrarse en el mercado existente, no hacen sino poner dinero público en ayudar a generar nuevos secretos.
Las políticas de innovación justas, tendrían que forzar a las empresas a abrir sus ideas, utilizar dinero público para producir secretos es tan nocivo como hacer vertidos de basura en las depuradoras de agua potable. Al final todos tendremos que beber agua embotellada a pesar de estar pagando impuestos para recibir el derecho básico del agua. Las ideas pagadas con dinero público, como el agua potable, debieran de estar al alcance de todos.