Hardware abierto (I)
Llevo cuatro años investigando el valor de la propiedad intelectual desde el punto de vista de la producción. Al principio me preguntaba que significaba eso de compartir lo inmaterial. El hardware tiene la particularidad de presentarse en doble formato, es como la dualidad onda corpúsculo personificada en una plancha de baquelita cubierta de tirillas de cobre.

Hace algo mas de dos años comencé, junto con Massimo Banzi, Dave Mellis y Nick Zambetti el proyecto Arduino desde Ivrea en Italia. Creimos que sería una buena idea traer el mundo del software libre al hardware. Intentamos buscar un conjunto de instituciones interesadas en la creación de un sistema educativo de mínimo coste que acercase a los estudiantes una herramienta de coste menor a un libro de texto. El "know-how" lo recogeríamos en una página web y buscaríamos formas de agrupar los conocimientos para que se pudieran hacer lecturas de diferentes niveles de los mismos.
El primer problema que nos econtramos fue la imposibilidad de las universidades para invertir en un proyecto educativo que no tendría aún un carácter investigador. Las universidades a las que ofrecimos la posibilidad de colaborar, no vieron el modo de hacerlo. Su respuesta fue: "hacedlo y si funciona lo compramos". Vivimos inmersos en un sistema tan capitalista que resulta imposible pensar en la inversión en educación. Las universidades tienen que comprar de proveedores predeterminados que se lucran de hacer los suministros tan caros como quieren (esto es un hecho que sería fácil demostrar con facturas).
Así que creamos Arduino como un grupo de amigos que pone algo de dinero y lo lanza al mercado con la condición de que no suba de un determinado precio, de modo que sea siempre más barato comprarlo que fabricarselo uno mismo. La historia de porqué es así es mucho más larga, y no es objeto de este artículo. No nos dimos cuenta en ese momento de la importancia que iba a tener el ponerle un precio fijo, ni del modelo de negocio que estaba generando. Jamás pensamos que se vendería en todo el mundo, ni que cambiaríamos la forma en que se educan diseñadores, artístas, ingenieros en electrónica o alumnos de tecnología en secundaria.
No pensamos que Arduino pasaría a ser una imagen de marca tan fuerte que nos sacarían clones perfectos de las placas que vender por ebay para lucrarse sin dar un palo al agua. Ni pensamos que podríamos conseguir la influencia suficiente para hacer que ITP en la Universidad de Nueva York tirase abajo una pared al no necesitar una habitación de ordenadores con licencia de programación de microprocesadores (estas historias son verídicas).
Arduino podría haberse llamado de otra forma, y podría ser de otras personas, pero ahora mismo es de todos y ha venido para quedarse. El modelo de trabajo que está generando servirá para crear nuevos colectivos multinacionales, empresas virtuales, piezas artísticas y sistemas educativos. Esperemos saber vivir con las expectativas que está generando en muchos.